Marzo 2018 • Año XVII
#34
Sala de lectura

El problema de Lacan

De Basz, G., Miller J.-A., Gorostiza, L., Salman, S., Stiglitz, G., Mó, F., Torres, M., Naparstek, F., Delgado, O., Vitale, F., Dianno, E., Millas, D., Morao, M., Senderey, D., Moraga, P., Sohar Ruiz, M.

Fernando Mó

Colección Orientación Lacaniana, Grama, Buenos Aires, 2017.

El problema de Lacan… ¡qué título!

El volumen 2017 de la Colección Orientación Lacaniana abre con ese singular una pluralidad de puntos de fuga, que precipitan versátiles en la formalización que cada texto efectúa. ¿El problema de Lacan? Podría decirse es el problema del psicoanalista lector, atento a la experiencia, que intenta dirigir su práctica hacia un despertar posible, efecto de escritura.

Lectura, lector, es lo que este libro nos propone.

La "Presentación" sitúa una clave: la interpelación de Lacan a los posfreudianos en el escrito "La cosa Freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis", donde advierte sobre los riesgos de la dilución del discurso analítico en los requerimientos de un contexto social que, allí en 1957, sugería la evaporación de los psicoanalistas en el semblante de "managers de las almas"; impostura que se opone al descubrimiento freudiano, defensa respecto de la inestabilidad inherente al real que anima la experiencia analítica, y en la que "el psicoanalista en sus incertidumbres va a buscar la sustancia de lo que hace, siendo así que no puede aportarle sino una abstracción inadecuada donde su práctica se empantana y se disuelve". [1]

Esta pincelada inicia un cuadro al modo cubista, con múltiples perspectivas cuyo efecto de superficie echa a rodar El problema de Lacan.

Mencionaremos algunas ideas que los autores ponen en juego, invitando a su lectura:

En un primer apartado, "Clínica y concepto", J.-A. Miller plantea un devenir del problema del concepto que no es lineal en la enseñanza de Lacan: la dimensión conceptual es ubicua y circula por todas partes, hay conceptos-metáfora pero hay también una constante metonimia conceptual a la que el lector asiste de hecho. Se agregan complejidades: no hay reversibilidad ni reciprocidad entre concepto y clínica a la vez que la práctica se sostiene en un régimen que le es propio; es fundamental la articulación de estos campos en la elección forzada del control, cuya marca es carecer del concepto de analista. En todo ello, también: la crisis del concepto hacia la última enseñanza de Lacan, la enseñanza en las instituciones analíticas… Allí la dispersión de voces es mejor síntoma que el conformismo.

Leonardo Gorostiza hace foco en tres lugares en los que Lacan dejó vías abiertas y que, a modo de balizas, permitieron una transformación topológica continua. Efectivamente de lugares se trata, ya que los caminos abiertos están en relación a un ordenamiento según un imposible de decir que se forja en lo insoluble del concepto, y pueden constituirse en un efecto-causa para quien decide avanzar con Lacan en el psicoanálisis.

En la misma vía Silvia Salman propone que la última enseñanza indica una espacialidad, más que una temporalidad, lugar de convergencia de diferentes momentos de la elaboración lacaniana. Recorre tres perspectivas del inconsciente que no se recubren ni se superan entre sí, pero que pueden mostrar el camino de un análisis en tanto es posible estar allí efectuando una lectura de la experiencia desde distintas claves.

Gustavo Stiglitz ubica la juntura íntima del sentimiento de la vida en el sujeto como el cenit del bien decir lacaniano por alojar el problema esencial del parlêtre: la disyunción sentido-goce. Recorre los nombres que en Lacan se han ubicado en esa juntura a modo de operadores, proponiendo una brújula: un concepto analítico da un vuelco radical según si se inscribe en un discurso ordenado o no por el Otro.

Fernando Mó ubica el problema del lugar y el lazo posible del practicante a su práctica a través de la Escuela. Autóctonos del país del psicoanálisis y destinatarios de la enseñanza de Lacan, los practicantes se confrontan a la opacidad de su campo. Subjetivar ese real, y también la Escuela inscribiendo en ella el conjunto de estos efectos, implica la mutación subjetiva a la vez que la producción de la comunidad de experiencia.

En el segundo apartado, "Dimensiones de la Otra cosa", Mónica Torres parte de la fundación de la EOL recordando una dirección en juego: ubicar más allá de la épica y, no sin ella, la estructura. Ello vale para la dimensión institucional pero también para leer a Lacan: hacerlo en bloque es posible ubicando la estructura en que Lacan mismo lee el problema del psicoanálisis. Desde allí avanza hacia un recorrido por "Las pasiones en Lacan, de las dimensiones de la Otra cosa a las pasiones del alma".

Fabián Naparstek enfoca de entrada un problema crucial: la oposición entre lo estático y lo que se mueve, centrando el texto en la pregunta por la monotonía del fantasma con el modelo Sade y la iteración del síntoma con la guía Joyce. Para distinguir clínicamente diferentes usos y formas de vivir el fantasma, suscitado siempre por el encuentro con la falla en el Otro, propone una lectura de la novela El azul de las abejas de Laura Alcoba.

Osvaldo Delgado efectúa un riguroso recorrido por los textos freudianos y sus metáforas energéticas situando el punto álgido del trauma; allí, la angustia lacaniana con su elaboración en torno al objeto hunde sus raíces.

Fernando Vitale se pregunta cómo pensar la eficacia de la práctica analítica en lo real del goce, a la luz de la noción de sinthome. En ello, una elección forzada se impone, desedipizar la teoría del goce y para ello decidir: o el padre o el sinthome.

Elvira Dianno se sumerge en la corriente subterránea que atraviesa la vida de los sujetos y las sociedades: el problema del mal, y se pregunta cuál es la lectura psicoanalítica respecto de este tema propio de la filosofía y las religiones. Allí, la ética del deseo es una brújula en el espacio irresuelto de un Bien y un Mal absolutos, y por lo tanto imposibles de alcanzar.

El tercer apartado se titula "Significación de sí" y es abierto por un texto de Daniel Millas, quien parte del abordaje lacaniano de los fenómenos intuitivos en las psicosis siguiendo las coordenadas propias de la interpretación analítica. Se dirige desde allí hacia el impacto de la última enseñanza en el tratamiento del sentido en la experiencia, y su deuda respecto de la clínica de las psicosis.

Marisa Morao toma el sesgo de la función de lo imaginario y sus reformulaciones en la elaboración de Lacan, proponiendo que el enganche provisto por la identificación imaginaria y la debilidad mental constituyen dos usos fallidos del parlêtre en respuesta al problema que la consistencia corporal le plantea.

Daniel Senderey propone un recorrido por el problema de la verdad en la enseñanza de Lacan, siguiendo esa deformación topológica desde 1951 hasta desembocar en el neologismo varité y las consecuencias del real-sin-ley articulado a la verdad mentirosa, variable, que es posible poner en serie en un análisis en torno al incurable singular.

Patricia Moraga se detiene en el programa de investigación sobre psicosis ordinarias y los nuevos conceptos de allí surgidos, haciendo una lectura de desenganches, enganches, compensación y suplencias tomando al Hombre de los Lobos, el ejemplo marrana, Joyce, Rousseau, Wittgenstein, dando cuenta de las posibilidades de investigación clínica del planteo de lo ordinario en sujetos psicóticos.

Sohar Ruiz pone en perspectiva un sinceramiento de la noción de interpretación en el psicoanálisis, precipitada y modulada por el real que la práctica impone a la teoría; apoyándose en un recorrido por el concepto y su más allá, lo delirante y lo analítico, la significación, la resonancia y la escritura poética china, para situar las caras de la interpretación… ¡vaya palabra!

Lector, te toca la profundidad de esta superficie…

NOTAS

  1. Lacan, J., "La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis", Escritos 1, Siglo XXI Editores, 1998, p. 418.
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