Noviembre 2012 • Año XI
#25
Sala de lectura

La virtud indicativa

De Germán García

Karina Lipzer

Nuevamente Germán García nos enseña sobre la relación entre la literatura y el psicoanálisis.

En los primeros diez renglones de la presentación del libro a cargo del autor, se podría situar el antecedente de este escrito:
"En Bruselas, en el año 2002, intenté hablar de la "virtud indicativa" del psicoanálisis en relación con la trama de pasiones que sostiene a la palabra política. Jacques-Alain Miller ya había ilustrado a la audiencia sobre la hiancia (béance) entre los efectos y las causas, es decir, sobre la imposibilidad de una formación automática para el analista. Esto intentaba proponer yo, iba camino a la invención (como es definido por Winer y por Penrose, sin entrar en matices).

Pero además, quería hablar de otra hiancia, la que no deja de mostrarse entre las descripciones y las prescripciones del psicoanálisis, en tanto los saberes transforman al sujeto"

Es en esa misma presentación donde ubica una tensión entre los preceptos y las formas preestablecidas, entre el acto y el hábito.

La pérdida de las virtudes indicativas se produce en el punto de su reducción a fórmulas preestablecidas.

Este libro es una compilación de relatos que concentran dicha tensión, transmiten esa hiancia, ubicando las virtudes indicativas "entre psicoanálisis y literatura".

En el recorrido de cada uno de esos relatos nos encontramos con múltiples referencias: Macedonio Fernandez, Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Witold Gombrowicz, Manuel Puig, Nietzsche, son algunos de los autores donde esa hiancia, esa tensión, se revela, no se descubre. No se trata de un agregado ornamental por donde el autor  busca convencer al lector, estructura propia de la figura de la retórica. No hay búsqueda, hay encuentro. El autor dispone cada uno de esos indicios encontrados en las referencias, en los productos literarios, dando así la dirección al discurso, no determinado por la estrategia del convencimiento, sino determinado por las consecuencias de ese discurso: "Por diversos que sean los "estados de animo" por los que pasa aquel que escribe un libro, el producto muestra ciertos modos de articulación y también un resto que se desplaza. El sujeto, decía Jacques Lacan, es puntual y esfumado a la vez.

Es por eso que no se trata de comenzar por el sujeto, sino de entender lo intransferible en tanto objeto".

Es este punto de intransferible lo que el autor sitúa en cada uno de los relatos escogidos para este libro. Es un ejercicio continuo que revela las condiciones impuestas al escritor por la enunciación.

Los relatos son trece, dispuestos en tres partes: "Entre Lineas", "Fabulaciones" y "Envío".

El cruce de dos discursos domina todo el texto: la literatura y el psicoanálisis. Es decir, el cruce discursivo del propio autor.

Ubico así este escrito en la serie de los ensayos, siendo la condición del ensayo el único modo de dialogar con la literatura.

El texto es una invitación a deleitarnos con esos objetos que el conocimiento deja al margen, con los escombros, con esos puntos en los que se arruina la obra de arte neurótica. Aunque es Freud quien constata que hay algo en la manera de hablar del neurótico que en sí misma lleva este desarreglo.

Es desde esta constatación que Germán García se pregunta acerca de la "divisa" del sujeto, acerca de su división y su ostentación: Gladys, en su tercer novela, dice: "La resaca, me atrevía sólo a amar la resaca..."

Y continúa diciendo: "Manuel Puig no ignora la metáfora: la resaca es lo que queda en la playa cuando el mar se retira, es el malestar después de una borrachera".

La resaca en Manuel Puig, la muerte de Elena en Macedonio Fernandez, la familia equívoca en Witold Gombrowicz, son algunas de las cifras que Germán García ubica como aquellas que suelen pasar en silencio, "como un cuerpo sin alma, reverso de esa alma sin cuerpo que consume a un escritor como James Joyce..."

La invención a partir de un silencio, el silencio de lo intransferible.

Para concluir, me atrevo a agregar otra referencia. Pero esta vez no de un escritor, sino de un músico: Gerardo Gandini. Un músico que en año 1989 tocaba con Piazolla y que cuenta lo siguiente: "Durante los primeros ensayos Astor se sentó al piano y me mostró cómo había que tocar su música; las únicas notas importantes eran las acentuadas. Las otras apenas debían sugerirse. El texto escrito sólo era una referencia. Lo que se tocaba era otra cosa: los estiramientos, los arrastres, la "mugre", no estaban en la partitura".

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