El amor no es más fuerte que el odio
Iván Schargrodsky
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Hace unas pocas semanas, en el día del periodista en Argentina, escribí ‒en ocasión del séptimo aniversario de Cenital, el medio que dirijo‒ una columna que se titulaba “Siete años de fracasos”. Una simple comprobación de la actualidad política argentina, donde el debate, lejos de civilizarse, profundiza sus rasgos más violentos y disfuncionales. Nuestra promesa fundacional es ‒no era, es‒ correr el ruido y explicar antes que impactar y golpear en la búsqueda de ojos curiosos y deseosos de gratificación inmediata. Años después, si bien creo que sostenemos con razonable éxito esa promesa ‒validado en una comunidad creciente de lectores, consumidores de contenido audiovisual, aportantes voluntarios y trabajadores comprometidos con la premisa‒, la evolución general del debate público se movió en sentido contrario.
Los espacios de intercambio de argumentos son cada vez menores, los líderes alimentan el fanatismo de sus convencidos y, acaso más grave, la lógica del impacto y la agresión como formas de generar interacción en la ciudadanía se promueven, activa y conscientemente, desde el Estado que, a su vez, funciona como polea de transmisión para campañas de odio contra periodistas no alineados.
Puede que sirva parafrasear a Mark Carney sobre el orden global. Ni la falta de imparcialidad gubernamental ni el señalamiento artillado de la crítica periodística son fenómenos completamente nuevos. Siempre hubo algo de hipocresía y doble estándar en la relación del gobierno con la prensa, pero la desfachatez y extensión de las campañas recientes tienen escasos paralelos en los gobiernos democráticos recientes. El estado del debate público, azuzado desde arriba y, en general, desde la política en su conjunto, tomó niveles de violencia discursiva inéditos.
Mi consuelo de tontos ‒y, sobre todo, mi necesidad para pensar en el futuro del medio‒ es que cuando miro alrededor, difícilmente encuentro ejemplos de lugares donde el debate público esté mucho mejor. Desde las fake news que circulaban en la campaña presidencial brasileña y acusaban a Lula da Silva de hacer un pacto con el diablo, a las versiones disparatadas que circularon comunicadores de ultraderecha, cercanos a la administración Donald Trump tras el asesinato de Charlie Kirk y la responsabilización colectiva de la izquierda política, incluso la más moderada, por los actos de un asesino solitario y con severos problemas personales, las nuevas derechas parecen empeñadas en una forma de persecución política que niega la humanidad y la individualidad del otro como semejante. En eso son, entre las democracias, particulares.
Más difícil es particularizar el dominio del prejuicio sobre el juicio que atraviesa los debates políticos en todo el mundo. La reacción a estas derechas ascendentes desde mediados de la década pasada fue una fuerte aglomeración defensiva que encontró en la idea de la “normalización” de las ideas de extrema derecha y su “plataformización”, el huevo de la serpiente y, en gran medida, decidió tomar la respuesta por sus propias manos. Lejos de apelar a la responsabilidad de comunicadores y comunicadoras, difusores de entretenimientos y otros amplificadores de voces en un ejercicio siempre complejo e imperfecto de construcción común, la respuesta fue la culpa por asociación (cualquier idea que rime de algún modo con la de las nuevas derechas, es de las nuevas derechas), el intento ‒siempre fallido en última instancia, porque no hubo nada parecido al esfuerzo colectivo que pusieron las nuevas derechas en el aparato estatal cuando lo tuvieron‒ de censurar debates y posicionamientos desde la presión social masiva y el agrupamiento de cuestiones, que convertía cualquier salida de la ortodoxia bienpensante y relativamente progresista en una buena razón para activar el mecanismo de presión antes descrito.
Esta forma, más liviana, de persecución también moldeó el debate público. Dio a un grupo heterogéneo de personas y posiciones, que incluían desde el racismo abierto, la misoginia y el negacionismo de la pandemia, hasta preocupaciones legítimas como el lugar de los varones en una sociedad que avanza y no ofrece respuestas fuera del rol de opresor en revisión constante, la eficacia de tal o cual medida sanitaria o de determinadas políticas de seguridad, una identidad común que no estaban predestinadas a tener. El intento de censura, que incluyó y todavía incluye, niveles altos de violencia simbólica y señalamientos, no solo fracasó y fue dañino en su propio mérito, sino que terminó moldeando un enemigo mucho más fuerte.
No casualmente, estos procesos políticos confluyeron con el auge de las redes sociales como ámbito privilegiado de movilización de los discursos. Internet ‒sin los costos asociados a la publicación, difusión y publicidad‒ fue, desde sus primeros tiempos, un refugio para discursos que habían quedado, para bien o para mal, fuera del mainstream moldeado por los medios de mayor alcance en particular y, en general, por los entornos institucionales, empresariales y de la sociedad civil en un contexto determinado.
La web tenía lugar para discursos de lo más variados, a costo de publicación casi cero. Desde conspiracionismo abiertamente nazi hasta difusión científica, la promesa de democratización de la web tenía lugar para todos los discursos, sin límites. Pero había que ir a buscarlos y no siempre era sencillo. La difusión seguía dando ventaja a los medios tradicionales, aunque con plataformas novedosas.
Las redes trajeron la promesa de profundizar la democratización del discurso, horizontalizándolo. Roles de emisor y receptor fácilmente intercambiables, individualización ‒todos tienen una cuenta dentro de la plataforma‒ y aglomeración de esas individualidades. El resto lo hizo el modelo de negocios. Las plataformas prosperan cuando pasás tiempo en ellas, para generar entretenimiento, las emociones mandan sobre la razón y las emociones negativas son un movilizador poderoso. Los discursos polarizantes son ideales para mantener el involucramiento. Los matices requieren reacciones menos viscerales. El linchamiento discursivo, la sinécdoque constante de posiciones propias y ajenas, en cambio, son ideales. Las lealtades líquidas y cambiantes, las referencias que se entronan y se pierden rápidamente y la búsqueda de sobresalir entre la horizontalidad con posiciones violentas o estrafalarias, incluso basadas en falsedades o inventos, se adaptan mucho mejor al modelo que la búsqueda de la verdad.
A pesar de todo, soy optimista. “No odiamos lo suficiente a los periodistas” es parte de una búsqueda de aglomeración desde el odio que, con todo, es también una confesión involuntaria de impotencia.
Las experiencias de desengaño ante la proliferación del charlatanismo y la instrumentalización de la violencia, y la facilidad para la proliferación de falsedades cada vez más elaboradas y sofisticadas me hacen pensar que la construcción de espacios de rigor, de referencias colectivas en espacios comunes ‒que Cenital como medio aspira a representar, pero felizmente no es el único‒ van a valorizarse al mismo ritmo al que la distinción entre lo verdadero y lo falso se vuelve una tarea cada vez más compleja. Será tiempo, también, de recuperar narrativas compartidas.
* Matias Adhemar