AÑO XX
Agosto
2026
46
Clínica

¿Qué se odia cuando se odia? Lo que enseña el obsesivo

Joaquín Carrasco

*

Tiempo de lectura: 6 minutos

En su decidida apuesta por la lectura del inconsciente, Freud se encontró con la transferencia y su costado pasional. Ya sea del lado del amor como del odio, se despliega la dimensión libidinal que, en tanto provoca obstáculos para el análisis, implica una maniobra por parte del analista. Un ejemplo de ello lo encontramos en la siguiente constatación que plantea Jacques-Alain Miller a propósito de la neurosis obsesiva: “Lo que se observa en el obsesivo es que el solo hecho de pedir le produce un odio terrible y que a veces uno puede estar tentado de darle la cosa para apaciguar el odio que le despierta el hecho mismo de pedir, aunque el hecho de dar pueda ser interpretado también como un insulto, ya que eso sería la prueba de que uno tiene lo que a él le falta”.[1]

Esta cita se enmarca en un curso en que Miller aborda la transferencia negativa y se señala allí que es inaugural “porque basta con que el paciente despliegue sus ocurrencias para que inevitablemente lo imaginario se haga presente”.[2] En efecto, si se presenta lo imaginario, con ello está en potencia la tensión y la agresividad hacia el otro, agresividad inherente a la libido narcisista y la función alienante del yo.[3] Es la agresividad como respuesta ante la rivalidad entre el yo y el otro por la disputa de un mismo lugar, dimensión imaginaria del odio, que remite al carácter paranoico de la constitución del yo. Es una coordenada relevante, considerando la consistencia que toma el yo en la neurosis obsesiva. El analista no se ubica en este registro, pero no por ello está a salvo de otras vertientes del odio.

¿Qué se pone en juego en el pedido del obsesivo? Lacan sostiene que el obsesivo reduce la dimensión del deseo a la demanda, y que su problema está en encontrar un soporte al deseo ya que esto conlleva la destrucción del Otro y con ello la desaparición del propio deseo.[4]

El modo en que resuelve este problema es produciendo un deseo prohibido y, una vez instalada la prohibición, se la pasa pidiendo permiso como un modo de restituir y mantener al Otro. En esta dirección, el obsesivo se hace demandar para responder con el rechazo y “hace todo lo posible para apagar e incluso destruir este deseo en el Otro”.[5]

Pedir implica, por parte del sujeto, consentir a que algo le falta. Por el contrario, el obsesivo evita que la falta se presentifique. Esto lo encontramos en el modo en que se relaciona con su inconsciente al construir una “fortificación al estilo Vauban”[6] que lo lleva a defenderse ante cualquier atisbo de falta-en-ser. En la construcción de este muro que pareciera impenetrable, se sirve de la consistencia imaginaria de un yo sólido que lo lleva a rechazar toda intervención que dé lugar a la falta. En otras palabras, se refugia en su yo para evitar que se produzca un sujeto.

En esta línea se constata la dificultad para sancionar la entrada en análisis en algunos sujetos obsesivos, en tanto implica que el sujeto esté atravesado por su falta-en-ser, mientras que el analista se presenta ‒en tanto objeto agalmático‒ como un ser.[7] En esta disparidad y asimetría, estructural a la experiencia analítica, se encuentra el germen de la transferencia negativa. La demanda de saber, necesaria para la puesta en marcha del dispositivo, implica consentir a que hay un saber que falta. Se suma el hecho de que no basta una demanda de saber, puesto que lo que se encuentra en la experiencia analítica es fundamentalmente un rechazo del saber, rechazo constitutivo del inconsciente. La transferencia negativa no solo es una posible vertiente, sino que se trata del “nudo inaugural del drama analítico”.[8]

Es importante tener presente que no toda transferencia negativa se vuelve un obstáculo. En los casos en que sí atenta contra la tarea analítica, podemos ubicar estas manifestaciones como modos de rechazo de la falta-en-ser, diversas formas que toma la aversión respecto al inconsciente. Dentro de esta multiplicidad, el odio es una respuesta ante un Otro que se presenta incompleto allí donde el obsesivo no consigue colmar su falta y da cuenta de la “correlación de la falta-en-ser con el objeto de una pasión. Correlación con aquello que recusa encontrar el significante que convendría […] la articulación entre el sujeto y aquello que, del significante, se escabulle”.[9] El sujeto se ve confrontado a que el significante no alcanza para nombrar al Otro, lo que Lacan escribe con el matema S(Ⱥ). Ante esto, el sujeto responde intentando nombrar el ser del Otro, pudiendo llegar a recurrir al insulto.[10] El odio, en esta dirección, es una respuesta ante lo innombrable del ser del Otro.

Ante la falta-en-ser se presenta para el sujeto una respuesta que encuentra su materia en algo distinto al saber supuesto. Si tal como propone Lacan “un odio, un odio consistente, es algo que se dirige al ser”,[11] es fundamental considerar que el ser del analista está hecho, por un lado, de la suposición de saber y, por otro, “está hecho de la misma libido del paciente. El analista es como una concreción libidinal del paciente”.[12]

Desde esta perspectiva, el odio del analizante dirigido hacia el analista remite a aquello que rechaza de sí mismo.

En su abordaje de las pasiones del ser, Eric Laurent recorre la concepción de la transferencia negativa por parte de distintos analistas. Es muy interesante el caso de Reich, quien ubica al analista como quien detenta el saber ‒y no como suposición‒, e impone dicho saber al sujeto. En consecuencia, la transferencia negativa se produce ante el intento del analista de aplastar el deseo a través de la sugestión. Por el contrario, “la práctica lacaniana de la interpretación es la manera en que el analista soporta la pasión de transferencia, cada vez que es tomado como objeto de pasión no responde por el lado de la sugestión […], sino buscando siempre reabrir la vía de la interpretación del inconsciente”.[13]

Una vez situado qué se odia cuando se odia, el analista es convocado a soportar la transferencia y a ubicar la maniobra que permita reconducir dicho odio hacia una transferencia fecunda, aun siendo esta negativa. Es decir, que posibilite retomar el trabajo de lectura del inconsciente. En esta dirección, el analista no recurre a la sugestión ‒que puede impulsar más el odio, en tanto el analista se ubica desde el lugar de un saber consistente‒ ni tampoco al rechazo de la agresividad ‒que, tal como hemos situado, su germen está en la estructura misma de la experiencia analítica‒.

Más bien, se trata de hacer uso del semblante conveniente y de una interpretación que apunte hacia lo singular, y con ello acotar el odio y promover el lazo del sujeto con su inconsciente.

Se trata de evitar que el odio destruya el lazo con el analista, quien encarna con su presencia el goce rechazado. En definitiva, una apuesta de lectura del rechazo radical del parlêtre hacia su propio goce.

* Santiago Carlomagno

NOTAS

  1. Miller, J.-A., (1998) La transferencia negativa, Buenos Aires, Tres Haches, 2000, p. 23.
  2. De Francisco, M., “La agresividad en la experiencia analítica”, en Miller, J.-A., (1998) La transferencia negativa, op. cit., p. 52.
  3. Lacan, J., (1949) “El estadio del espejo como formador de la función del yo [Je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2011.
  4. Lacan, J., (1957-1958) El Seminario, Libro 5, Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires, Paidós, 2013.
  5. Caroz, G., El obsesivo y su despertar, Buenos Aires, Grama, 2024, p. 25.
  6. Lacan, J., (1947) “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos 1, op. cit., p. 113.
  7. Miller, J.-A., (1998) La transferencia negativa, op. cit.
  8. Lacan, J., (1947) “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos 1, op. cit., p. 112.
  9. Laurent, E., Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Tres Haches, 2019, p. 16.
  10. Brodsky, G., Pasiones lacanianas, Buenos Aires, Grama, 2019.
  11. Lacan, J., (1972-1973) El Seminario, Libro 20, Aún, Buenos Aires, Paidós, 1989, p. 120.
  12. Miller, J.-A., Cómo terminan los análisis, Buenos Aires, Grama, 2022, p. 87.
  13. Laurent, E., Los objetos de la pasión, op. cit., p. 17.