AÑO XX
Agosto
2026
46
Clínica

Melancolía. La imposibilidad de una invención

Enrique Prego

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Tiempo de lectura: 10 minutos

Freud conjetura en su mito de constitución del aparato psíquico que, a partir del juego de las mociones pulsionales primarias, el yo del puro placer originario introduce dos operaciones iniciales que darán cuenta de incorporar lo que es placentero para el yo a través de la afirmación primordial (Bejahung), mientras que aquello que provoca displacer será expulsado primordialmente del aparato (Ausstossung).

Esta segunda operación nos da cuenta de la extranjeridad radical de la cosa, una extimidad primordial que expresa el primer exterior en el interior mismo del campo de las representaciones. Con posterioridad, Lacan considerará que es el odio el que estará en el principio de toda identificación posible, un odio constituyente en la estructuración del aparato psíquico y que se expresa en el rechazo de eso éxtimo que habita en el núcleo del hablante ser: un goce por fuera de toda significación.

Dichas operaciones constituyentes de la subjetividad determinan diferencias con relación al desencadenamiento en las diferentes psicosis. En el caso de la melancolía, es la vía de la pérdida del objeto (Ausstossung) la que queda privilegiada en este. Ante la imposibilidad de subjetivar radicalmente dicha pérdida, el melancólico padece una experiencia muy singular: “... él sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él”.[1] En efecto, es una experiencia que, por regresión al narcisismo primario, se convierte en un acontecimiento que tiene lugar en su propio yo engullido en un duelo imposible de tramitar. Perspectiva oscura que hunde al sujeto en el dolor de existir en estado puro, tal como nos lo describe Lacan en “Kant con Sade”. Dolor que surge en todo hablante-ser cuando percibe la facticidad de la existencia.

En esta coyuntura es el odio el que aportará de una manera peculiar una respuesta a dicha facticidad experimentada sin velo alguno. La culpa adoptará entonces la forma de la causa para iniciar un proceso defensivo: el delirio de indignidad.

La ausencia de vergüenza, que Freud localiza con gran precisión en el discurso del sujeto que exhibe su dolor sin reparos, demuestra que lo que aparenta ser un reproche que se vuelca sobre el propio yo no es más que un reclamo en el que el odio, sin la envoltura de lo amoroso, se dirige hacia el objeto perdido.

Por su parte, Lacan nos hablará de que el ataque sobre el propio yo, identificado al objeto indigno revelará el kakon, es decir, el mal interior, que en su extimidad apunta en ese caso al ser del sujeto en tanto objeto en el límite de toda significación; la injuria o el insulto resulta ser del diálogo tanto la primera como la última palabra[2] pues, una vez que pierde toda significación, apunta a nombrar el ser o llegar a lo real.

En la melancolía entonces la injuria como palabra del odio revela su potencia para intentar nombrar lo imposible procurando significar un dolor indecible imposible de duelar. La injuria, extraída de la cadena significante, sentencia la naturaleza del ser bajo el disfraz en el límite de una oscura figura de goce.

Su fijeza nos hace pensar en un tratamiento de lo real por lo real que posterga el siempre cercano pasaje al acto.

Esta canción del melancólico, tal como la define Lacan en “Kant con Sade”, no deja de ser, por otra parte, la forma que toma el empuje a la mujer en la melancolía y, en palabras de Miller, se convierte en una invención de la que “podríamos decir, por el contrario, que es la invención imposible, y que el melancólico llora sobre lo que para él es la imposibilidad de la invención”.[3]

Un segundo modo de la defensa del melancólico lo encontramos en el pasaje al acto que más que un hecho voluntario representa un intento forzado de separación. A través del mismo, el sujeto intenta realizarse ya no como objeto indigno, sino como objeto caído de manera de procurar lavar infructuosamente la culpa original de existir sin razón. El dolor de existir conlleva, con el desfallecimiento de la cobertura narcisista del yo, el encuentro con la realidad objetal en su condición de resto.

Esta modalidad de identificación encuentra una clara descripción en el Seminario 10: “En la melancolía se trata de algo distinto del mecanismo del retorno de la libido en el duelo [...]. Pero el hecho de que se trata de un objeto a, y de que este […] esté habitualmente enmascarado tras el i(a) del narcisismo y sea ignorado en su esencia, exige para el melancólico pasar, por así decir, a través de su propia imagen, y atacarla en primer lugar para poder alcanzar dentro de ella el objeto a que la trasciende”.[4]

Desde su posición de identificación con el objeto en su versión de desecho, el melancólico coincide con el lugar de la cosa a la que es necesario maldecir. De todas maneras, Miller precisa que en este caso conviene tener en cuenta que: “Alienación y separación es un binario completamente diferente al de las dos identificaciones: la manía está del lado de la alienación y la melancolía del lado de la separación. [...] es un abuso hablar de una identificación con el objeto en la melancolía. [...]. Es una identidad con el objeto”.[5]

El autotratamiento que realiza el melancólico incluye, en ocasiones, algún rasgo de perversión que permite reinstalar una relación al goce vivificante relativizando el efecto mortificante de la identidad con el objeto.

El analista, por su parte, tendrá que acompañar los modos defensivos que caracterizan a la melancolía: “El uso que hace el psicótico de nuestra presencia es labrar más unos surcos que otros. Nosotros tenemos que ayudarlo, con método”.[6] En efecto, el analista puede promover con su acto la instalación de una lógica en la invención del psicótico permitiéndole extender lo asintótico en relación con el pasaje al acto y favorecer la garantía de una cierta estabilidad en el lazo social conteniendo el goce y la devastación subjetiva que lo acecha.

Uno de los elementos principales sobre el que puede operar el analista es la alteración en la temporalidad que experimenta el melancólico. Miller lo menciona de la siguiente manera: “... para él, el tiempo va del futuro al pasado […]. En resumen, podemos decir que el melancólico vive después del juicio final, en el que evidentemente fue condenado y hace la experiencia de sí mismo como puro desecho”.[7] ¿Qué causa entonces para el melancólico cuando todo ya ha terminado? Tal vez se pueda acompañar al sujeto en su singular experiencia de supervivencia, un recorrido en el que algo pueda acercarse a la dimensión de la experiencia aun cuando el fuera de tiempo parezca inconmovible.

Cierta afinidad, por otra parte, entre la melancolía y la sublimación, según Miller, habilitaría el camino de lo artístico posibilitando otra alternativa viable puesto que la relación con el horror favorece la relación con lo bello en cuanto a velarlo: “… escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura”.[8]

Finalmente, el humor, en especial el humor negro, permite explorar un camino que atempere el padecimiento que lo habita. Tal como afirma Freud: “… el humor sería la contribución a lo cómico por la mediación del superyó”.[9] En este caso, por la mediación de lo humorístico, el superyó se dirigiría al yo de una manera más “amorosa”, lo que abre una perspectiva inédita de su función. En suma, a pesar de la extrema fijeza de su invención, el acto del analista cuenta con caminos diversos a través de los cuales puede, a veces, rescatar parcialmente al melancólico del exilio de la existencia al que está condenado.

* Santiago Carlomagno

NOTAS

  1. Freud, S., (1915) “Duelo y melancolía”, Obras completas, vol. XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 1998, p. 243.
  2. Lacan, J., (1972) “El atolondradicho”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 512.
  3. Miller, J.-A., “La invención psicótica”, Conferencia introductoria al tema de la invención psicótica, Seminario de la sección clínica (1999-2000), París-Île-de-France, 24 de noviembre de 1999, Virtualia, n.º 16, 2007 [en línea], https://www.revistavirtualia.com/articulos/500/formas-contemporaneas-de-la-psicosis/la-invencion-psicotica
  4. Lacan, J., (1962-1963) El Seminario, Libro 10, La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 363.
  5. Miller, J.-A., (2007) II. La conversación: “Manías y melancolías en Binswanger”, en Miller, J.-A. y otros, Variaciones del humor, Buenos Aires, Paidós, 2015, pp. 154-155.
  6. Miller, J.-A. y otros, La psicosis ordinaria, Buenos Aires, Paidós, 1998, p. 203.
  7. Miller, J.-A., La erótica del tiempo y otros textos, Buenos Aires, Tres Haches, 2014, pp. 29-30.
  8. Pizarnik, A., Poesía completa, edición a cargo de Ana Becciú, Buenos Aires, Lumen, 2011.
  9. Freud, S., (1927) “El humor”, Obras completas, vol. XXI, op. cit., p. 161.