AÑO XX
Agosto
2026
46
Dossier

Escuela Inglesa: las razones del odio en la condición humana

Estela Eisenberg

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Tiempo de lectura: 12 minutos

La deuda del psicoanálisis con el malestar en la cultura es insoslayable. La miseria, la segregación, el odio y la guerra expulsaron a miles de personas del continente europeo. En ese marco, Melanie Klein fue alojada por Ernst Jones, diez años antes de que llegaran Freud y los suyos en 1938.

El surgimiento de la Escuela Inglesa no es ajeno a las cuestiones de su tiempo.

Al publicarse “Más allá del principio de placer”, las novedades no fueron fácilmente aceptadas por la comunidad psicoanalítica. En particular, el nuevo dualismo pulsional producía no solo incomodidad, sino también desacuerdo. Sin embargo, a pesar de la revuelta, la lectura de la pulsión de muerte como instinto de agresión y destrucción fue una de las razones de producción de la Escuela Inglesa, que enfatizó ese aspecto objetado por gran parte del mundo analítico.

Una hipótesis posible de esta gesta es que, una vez aceptada la sexualidad infantil producida en el seno de lo familiar, se imponía investigar otra pregunta: ¿cuáles son las razones del odio en la condición humana, al decir de André Malraux, cuya novela homónima se publica en 1933?

Es probable que el impacto de esa miseria, la discriminación y el exilio forzado hayan empujado al psicoanálisis a interrogarse por las raíces del odio y la destrucción en el hablante.

Julia Kristeva, al escribir sobre el genio femenino, señala a Klein y a Hannah Arendt como las pensadoras que elaboraron algunas de las respuestas más rigurosas a la cuestión del Mal.

La pulsión de muerte y las condiciones de la vida psíquica

Para Klein, un organismo librado a sí mismo está destinado a morir: no hay nada intrínseco en lo vivo que se aferre a la vida. La condición para que la vida se afirme requiere de la expulsión de la pulsión de destrucción que ese organismo porta consigo. Uno de los ejes centrales que orienta su obra es, por lo tanto, investigar cómo la existencia se sobrepone a la pulsión de muerte.

Klein lee en “La negación” de Freud los mecanismos fundantes del mundo interno y el mundo externo, espacialidad cara a esta escuela y a los posfreudianos: la expulsión y la incorporación. Vía el juicio de atribución se escinde el objeto produciendo predicados, calificando al objeto. Al trasponer al exterior la pulsión de muerte como ataque fantaseado, cuyo correlato afectivo es la angustia, el objeto resulta embestido como si el odio proviniera del exterior.

Tal como Freud ubica, lo ajeno adquiere el carácter de hostil y participará del rechazo a ser incluido en las redes del principio del placer. El carácter de la segregación está planteado.

La frustración, Versagung, que significa promesa incumplida o denegación de promesa, no es leída como ausencia del objeto, sino como signo de maldad: el objeto retiene para sí la satisfacción.

Esta interpretación instala un circuito: el ataque al objeto hostil implica satisfacción pulsional, morder, arrancar, mutilar, convocando a la retaliación, que hace existir a los objetos persecutorios vía la introyección. Ahora lo hostil está en su seno, constituyendo el núcleo del superyó, representante interno de la pulsión de muerte.

No se trata del heredero del complejo de Edipo: lo antecede. Se morigera con el carácter libidinal del Edipo y su salida al coordinar el deseo a la ley.

Por eso para Klein la transferencia negativa es la vía regia de acceso al inconsciente, el tratamiento del odio por excelencia. Dado que es la transposición al exterior de la angustia producida por la pulsión de muerte la que permitirá el tratamiento del odio en el dispositivo analítico.

Gracias al mecanismo de personificación de las instancias psíquicas yo, ello y superyó, el odio se pondrá en acto.

Del objeto malo al Mal: la envidia primaria

Klein produce un giro decisivo en los desarrollos finales de su teoría, la envidia primaria. Ya no se trata del objeto con el predicado de malo que retiene la satisfacción para sí, sino que es independiente de toda frustración, por el contrario, la gratificación agrava la fuente de envidia.

El problema se reconfigura, la maldad ya no reside en el objeto que frustra, sino en el Bien del otro, en la satisfacción que se supone en él y de la que el sujeto se figura como excluido.

Las categorías del ser y del tener resultan insuficientes para dar cuenta de la envidia; no es posesión, sino el supuesto de una satisfacción de la cual se está excluido.

La paradoja que esto genera es notable: cuantos más rasgos de lo bueno y lo bello participan del objeto, más aumenta el odio. Así la envidia resulta rechazo de todo don.

Si con la frustración el sujeto ataca al objeto que adquirió el carácter de hostil porque retuvo para sí la satisfacción, con la envidia el ataque se dirige precisamente a aquello que el objeto tiene de bueno, pueda darlo o no, suponga un goce “compartido” o “personal”.

Klein califica la envidia como primaria, distinguiéndola como un grado previo a la envidia fálica para ambos sexos: es, por lo tanto, asexuada. No se inscribe en la dialéctica del objeto malo, sino en una elaboración sobre el Mal como núcleo irreductible de la pulsión de muerte.

Por eso el giro es de fondo, no se trata del odio reactivo, en ese caso la maldad del objeto es correlativa a la frustración. Conviene hacer una distinción necesaria. La insatisfacción histérica también rechaza lo que se le ofrece, pero porque no es eso: señala el carácter constitutivamente insatisfecho de todo deseo. La envidia, por el contrario, se aleja del campo del deseo: no es que el objeto ofrecido no sea ese, sino que cualquier don del objeto resulta intolerable en cuanto don.

El sintagma lacaniano que indica que el superyó ordena gozar puede leerse desde aquí en estado práctico, el superyó persigue al yo como aquel que no goza lo suficiente como goza su vecino.

Importa además diferenciar la envidia de la agresividad ubicada en el campo del transitivismo, del moi y el semejante, en tensión con la completitud de la imagen. La envidia no apunta a la imagen solamente, sino a la satisfacción. La notación lacaniana i´(a) lo indica con precisión: el objeto a está en el seno mismo de la imagen especular. La dimensión es imaginaria, pero no narcisista en el sentido del yo unificado ya que el espejo es atravesado.

No se trata de la rivalidad con el semejante en tanto imagen, sino de la intolerancia frente al goce que se le supone.

El ejemplo que Lacan recorta de San Agustín en las Confesiones lo ilustra. El niño que posa su mirada envenenada en el hermano de leche que mama de la nodriza no mira el pecho que el otro posee, eso sería rivalidad por el objeto, ni son los celos por el amor de la nodriza, sino la satisfacción de la que supone que el otro goza y de la cual está excluido.

Es la satisfacción misma, y no la posesión del objeto, lo que resulta intolerable.

Lacan, al mencionar a San Agustín en este contexto, enmarca la envidia, tal como hizo con la tristeza en “Televisión”, con el valor de pecado, de falta moral. Klein, por su parte, sigue la misma línea, ya que entre otras referencias cita la Primera Carta a los Corintios de Pablo –el amor no es envidioso– y los Cuentos de Canterbury de Chaucer, quien sitúa la envidia como el peor de los pecados: no contra una virtud, sino contra toda bondad.

La salida que propone es la gratitud, en línea con la reparación, ambas sucedáneas de Eros; el reconocimiento de la deuda y la aceptación del don; lo opuesto estructural de la envidia. La deuda simbólica que la castración pone en juego es fundante del lazo social y correlato estructural de lo que Klein llama “gratitud” llevando más lejos la dialéctica de la frustración, deuda que no puede saldarse ni debe negarse. “La hiancia imposible de colmar de la deuda simbólica de la cual su neurosis constituye el protesto”,[1] dirá Lacan en “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. El kakon de la envidia es la versión superyoica de esa deuda: la niega destruyendo al acreedor, no menos que al deudor.

* Juan Desteract, "Bestiario"

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Chaucer, G., (1400) Los cuentos de Canterbury, Madrid, Cátedra, 2004.
  • Freud, S., (1920) “Más allá del principio de placer”, Obras completas, vol. XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.
  • Freud, S., (1925) “La negación”, Obras completas, vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.
  • Klein, M., (1952) “El yo y el ello en el desarrollo”, Obras completas, vol. III, Buenos Aires, Paidós, 1979.
  • Klein, M., (1957) Envidia y gratitud, Buenos Aires, Paidós, 1988.
  • Kristeva, J., (2000) El genio femenino. 2. Melanie Klein, Buenos Aires, Paidós, 2001.
  • Lacan, J., (1953-1954) El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud,Buenos Aires, Paidós, 1988.
  • Lacan, J., (1954) “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.
  • Lacan, J., (1953) “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, Escritos 1, Siglo XXI, 2009.
  • Lacan, J., (1974) “Televisión”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.
  • Malraux, A., (1933) La condición humana, Barcelona, Edhasa, 1972.
  • Pablo de Tarso, (ca. 54 d. C.) Primera Carta a los Corintios (cap. 13), en Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.
  • San Agustín, Confesiones (J. Cosgaya, trad.), Biblioteca de Autores Cristianos (obra original publicada en ca. 397-400 d. C.), 2010.

NOTAS

  1. Lacan, J., (1953) “Función y campo de la palabra en psicoanálisis”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009, p. 291.