Efectos de una pasión
Andrea V. Zelaya
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La subjetividad de nuestra época se encuentra bajo el manto de un progreso universalizante de la ciencia. Tal como lo plantea Jacques-Alain Miller: “… estamos inmersos en él y se vuelve para nosotros cada vez más determinante, lo que significa causal”.[1] En este efecto de globalización, que él nombra como “desegregativo y de “dispersión”,[2] vislumbramos la ilusoria liberación contemporánea que consuena con la mundialización del mercado y los intercambios de valores en el mundo.
Sin embargo, en comunión con ese mercado, la ciencia empuja a la dispersión de lo que ella misma ignora, mientras se mantiene en las sombras lo inherente a la condición de inmigrante del sujeto en el Otro. Esa dispersión homogeneizante en la subjetividad se desordena cuando “lo real en el Otro se manifiesta como no semejante en absoluto. Hay entonces sublevación, […] surge el escándalo”.[3] Así es como padecemos la propagación de los efectos del racismo y del odio que conlleva.
En esta perspectiva, me serviré de una cita de Lacan de la “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista en la Escuela”, en la cual alude a lo sucedido en los campos de concentración en su relación con la ciencia, los mercados comunes y la segregación:
lo que vimos emerger, para nuestro horror, representa la reacción de precursores en relación con lo que se irá desarrollando como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, especialmente, de la universalización que esta introduce en ellas. Nuestro porvenir de mercados comunes encontrará su contrapeso en la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación.[4]
Hoy podemos verificar, como consecuencias del progreso de la ciencia profetizado por Lacan, la anulación y la forclusión de la singularidad de los sujetos que son sustituidos por un valor cuantificado. La apariencia ilimitada y homogénea de la ciencia tiene un límite: no es posible hacer pasar el modo de gozar de cada uno por la maquinaria científica que tritura lo más íntimo del sujeto.
El cuerpo del odio
Lo que pone de manifiesto la creciente universalización de los mercados comunes es que concentra el goce, de tal manera que produce como efecto la dispersión de esa concentración misma y absoluta al sembrar, por todas partes, el rechazo a lo diferente que el odio vuelve manifiesto.
Cuando no se soporta el goce del Otro, lo que está en juego, en realidad, es el propio goce del ser que lo habita en su interior como algo éxtimo y que se desplaza al otro. Lejos de separarse de aquello del propio goce que se atribuye al Otro, se le da cuerpo con la propia sustancia para luego destruirlo, lo que instaura el odio.
Refiriéndose a la mitología griega, Byung-Chul Han, pensador contemporáneo, localiza a la violencia como lo necesario e indispensable del origen de la subjetividad. En lugar de una coerción externa, aparece una coerción interna que se ofrece como libertad en el sujeto, lo que es favorecido por el modo de producción capitalista.
La “autoexplotación” –planteada por autores como Hardt y Negri, y trabajada por el autor recién mencionado–,[5] se convierte en el producto de una sociedad del rendimiento. Esta tendencia mortifica lo opaco de cada sujeto; no solo hay un intento de anular lo singular, sino que también la subjetividad queda determinada por lo igual frente a la transparencia de los datos informáticos. Vivimos expuestos a lo que Joan Fontcuberta definió como “la furia de las imágenes” en la era de la “googleización”.[6] En el régimen de la autoexplotación, uno dirige la agresión hacia sí mismo e incrementa el odio como acumulación. Hay impacto en los cuerpos.
Consumidor consumido
En Psicopolítica,[7] Byung-Chul Han afirma que estamos determinados por una “dictadura de la transparencia”, dominados por esta era digital que crea la necesidad de la obediencia al uso indiscriminado de las redes. Nombra a la época como “el capitalismo de la emoción”, que favorece y construye inestabilidad. La emoción se convierte en un medio de producción extralimitado en las cosas, donde el sujeto termina siendo un consumidor consumido. Un sujeto obediente que cristaliza su goce y lo fija en la dispersión.
Las formas hegemónicas del capitalismo, siendo la obediencia una de sus caras, pueden también pensarse a partir del libro de Agustín Neifert, Arendt, Von Trotta y la “Banalidad del mal”,[8] cuya línea central destaca que esta última acontece cuando los seres humanos se rehúsan al discernimiento y cuando los actos están determinados por la obediencia a un cumplimiento sin juicio propio, alienado a seguir lo que otros indican y a actuar como piezas sin pensamiento de una práctica monstruosa. Hannah Arendt indaga, investiga y fundamenta “la terrible, indecible e impensable banalidad del mal”.[9]
Subsumidos a lo necesario
Para el psicoanálisis, el síntoma tiene un funcionamiento ligado a lo necesario –entendido como lo que no cesa de escribirse– y, de acuerdo a lo que venimos desarrollando, queda preso en la obediencia al Otro y devela la renuncia a pensar por sí mismo, lo que se convierte en un engranaje de una gran maquinaria donde los hombres pueden convertirse en superfluos.
Como lo indica Arendt, pero también como el psicoanálisis nos enseña, dejar de pensar en cada acto y en sus consecuencias es tomar distancia de un juicio íntimo singular y eludir las responsabilidades.
Miquel Bassols –en su conferencia “La imposible identificación del analista”–, para extraer las consecuencias en la experiencia de la Escuela como sujeto y en lo que podría realizarse como una acción política desde el psicoanálisis, destaca la segunda fórmula kantiana: “Ponerse en el lugar de cualquier otro”. Ubica que se trata de una identificación a otro en la cual cada uno podría ponerse en el lugar de ese otro, y así “no puede dejar de convertir a ese otro en lo más parecido a uno mismo”. Comenta que J.-A. Miller introduce
una leve modificación y subvierte esta operación de identificación diciendo: poner a cada uno –cada uno de los otros– en su lugar de sujeto […]. Es la caída de la identificación grupal para causar el efecto de división de sujeto en la estructura del grupo, apuntando decididamente al real que hace del grupo el sujeto en lo individual, el sujeto de cada uno de los individuos del grupo,[10]
es decir, para hacer valer la “singularidad” para cada uno, la singularidad de su síntoma.
Este punto es el que me interesa destacar, ya que el sujeto alienado a la obediencia de las condiciones de goce del Otro, identificado a esa posición –incluso si lo ignora–, abandona su juicio íntimo y permanece subsumido a lo necesario del síntoma. Gobernado por el fantasma, queda preso de la violencia.
Hacer emerger la voz
Si no emerge nuestra voz, la de cada quien, y si uno no se separa de lo necesario para poder hacer un uso del sinthoma abierto a la contingencia, tal como plantea Bassols, el odio permanecerá en “el cénit social como un nuevo objeto que brilla con su oscura presencia que viene al lugar de la cosa freudiana, das Ding, innombrable y sin representación posible”.[11]
Un poema del dominicano Manuel Del Cabral abre un poco más de luz en nuestro recorrido:
No camines conmigo,
No camines,
¿Pero quién eres
que me odias tanto?
¿Quién?
No ves que soy tu voz[12]
Texto presentado el 11 de diciembre de 2018 en la EOL, en la primera Noche preparatoria para el IX ENAPOL “Odio, cólera e indignación. Desafíos para el psicoanálisis”, realizado los días 13, 14 y 15 de septiembre de 2019 en San Pablo, Brasil.
NOTAS
* Juan Desteract, "Bestiario"
- Miller, J.-A., “La teoría de la causalidad y el sentido”, Freudiana, n.º 83, Barcelona, RBA Libros S.A., 2018, p. 9.
- Miller, J.-A., “Enemigos éxtimos”, Página 12, Psicología, 8 de abril de 2010 [en línea], https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-143452-2010-04-08.html
- Ibid.
- Lacan, J., (1967) “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 276.
- Han, B.-C., (2013) “Violencia de lo global”, Topología de la violencia, Buenos Aires, Herder, 2017, p. 185.
- Wechsler, D., “¿Por qué hacer exposiciones?”, Sublevaciones, Buenos Aires, EDUNTREF, 2017, p. 15.
- Han, B.-C., “La crisis de la libertad”, Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, Buenos Aires, Herder, 2018, p. 20.
- Neifert, A., “Arendt y la banalidad del mal”, Arendt, Von Trotta y la “Banalidad del mal”, Buenos Aires, Ediciones Fabro, 2015, pp. 246-268.
- Ibid., p. 249.
- Bassols, M., (2017) “La imposible identificación del analista”, El caldero de la Escuela, Nueva serie n.º 26, Publicación de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Buenos Aires, Grama, 2017, pp. 13-14.
- Bassols, M., “La clínica del odio y la violencia”, Psicoanálisis y el Hospital, n.º 45, año 23, Buenos Aires. 2014, p. 157.
- Del Cabral, M., “No camines”, Los huéspedes secretos, Buenos Aires, Ediciones Carlos Lobilé, 1974, p. 95.